Hay lugares que habitamos antes de llegar a ellos
El 1° de enero escribí una nota llamada No es el viento.
Hablaba de semillas.
De los tiempos invisibles.
Hace falta que muchas cosas coincidan.
Hoy, casi seis meses después, te quiero contar DESDE EL CORAZÓN como mi querido Suelo Vivo, está brotando en su nueva tierra.
Vení, te invito a conocer su nacimiento.
Encontré este terreno en septiembre de 2025. “El Terrenazo” lo bauticé en mi mente.
La escritura llegó recién el 26 de diciembre de 2025, si sabés de numerología, mandame un mail y contame algo, que no se nada de nada, pero se que 8 es el infinito. Habla de ciclos continuos y eso me gusta.
Durante esos meses hice algo que solo mi pareja sabía.
Venía a verlo cada día. A veces dos veces por día, después de dejar al nene en el cole, o cuando salía a hacer alguna compra.
Venía a pata (alquilaba acá a la vuelta), venía en bici, y venía en el coche.
Me bajaba del auto a mirar por las rendijas del portón.
Soñaba.
Soñaba que esa iba a ser mi entrada.
Que algún día esos portones enormes se abrirían y yo podría entrar sin mirar desde afuera. Igual que el tango “...de chiquilín te miraba de afuera, como esas cosas que nunca se alcanzan…la ñata contra” el alambre tejido, buscando un huequito en la media sombra que me dejara espiar mejor.
Me emocionaba la cantidad de tierra y de sol. Me pregunto aún, cómo en medio de la urbe rosarina zafó de la edificación este pedazote de tierra.
Me emocionaba imaginar todo lo que podía crecer acá.
Y me emocionaba todavía más la enorme biodiversidad que existía alrededor.
Había terrenos con yuyos altos, flores silvestres y plantas espontáneas por todos lados.
Yo pensaba que no importaba si el pasto de este terreno estaba corto o largo.
Las semillas iban a llegar. "La cantidad de biodiversidad que iba a entrar sola al terreno sin pedir permiso."
Para colmo, casi como una señal, a la vuelta de la manzana encontré un espacio lleno de Llantén. Planta hermosa, curativa, comestible, sanadora y bella por donde se la mire, una que había buscado y no lograba hallar, estaba a metros, silvestre, y por doquier.
Ahí nomás mandé un vivo, un frío de locos y viento, pero mi sonrisa desbordaba de mi cara. Si por esas cosas viste esa clase, con mi campera amarilla sosteniendo un lirio amarillo… ahora te confieso que la alegría, era además de por el amado llantén, por todo este sueño que se estaba gestando.
De mi relevamiento desde la vereda hacia el terreno, observé también un pequeño curupí. Estaba ya establecido, pero de ramas ralas y no tanto follaje.
Pero aquella primavera llovió muchísimo.
Cada vez que venía estaba más grande.
Más verde.
Más vivo.
Y mientras yo esperaba la escritura, él crecía.
Pasó de ser un arbolito discreto a una presencia imposible de ignorar.
Hoy sigue creciendo y mi hijito y sus amigos, debajo de él también.
A ese lugar Boris lo bautizó como "el escondite secreto de la CIA" porque sus ramas caen y tocan el piso, creando un camuflaje de ensueño, una garita.
Y cada vez que lo miro recuerdo mi propia infancia, en una casita de cañas que construyó mi papá en el terreno baldío de al lado, con una técnica constructiva que mataría de celos a la mejor quincha! Había que entrar saltando una pared muy bajita, agarrarse del caño que sostenía la soga de colgar la ropa y pisar un bloque de cemento que colgaba como contrapeso que servía de escalón. Gracias Pá por tanto.
Cuando finalmente firmé la escritura lo viví como un gran hito. La mujer que vendía, cerraba un ciclo y yo abría otro.
Tenía alegría. Pero la verdad es que para entonces algo curioso ya había ocurrido.
Yo ya habitaba este lugar.
Mucho antes de tener las llaves.
Una de las primeras cosas que hice antes de mudarnos fue construir la casa del árbol para Boris.
Todavía no estaban terminados los pisos de la pequeña construcción del fondo que hoy es nuestra casa.
Pero el ombú ya estaba ahí.
Gigante.
Esperándonos.
Así que con Nacho el carpintero (el mismo que talló honguitos en mis banquetas de madera que hace babear a los alumnos), hicimos una casa del árbol. Una de dos plataformas. Fuerte y estructural casa que puede sostener a 5 adultos y mil niños a la vez. Una que se mece con el viento, sin dañar lo vivo, ni forzar los leños.
A Boris le encanta que subamos juntos y también tomar la merienda con sus amigos. Atar cajas en las puntas y simular un fuerte con armamento, o un refugio de “survivors”.
Muchas veces subo sola, a elongar la espalda después de una tarea agotadora. Subo mis pies, pongo mis piernas en paralelo a los grandes troncos principales, suelto todo peso. Sin pantallas, yo y el árbol.
Mi hijo afirma que ambos cumplimos un sueño juntos: tener una casa del árbol.
Juntos miramos el cielo celeste entre las hojas.
Vemos pasar el viento.
Y los rayitos de sol aparecen y desaparecen sobre nuestras caras. Ahora ya no espío el terreno, ahora juntos espiamos a los pájaros y ellos a nosotros.
Todavía no tengo la galería.
Y sigo soñándola.
Pero hice una pequeña vereda.
Los ladrillos calcáreos los levanté de la calle.
Llené dos veces el baúl del auto.
Los puse durante 2 años en la casa que alquilaba, y los volví a reciclar para traer acá!
Los desencajé de la tierra con un fierrito sacayuyos uno por uno y los cargamos en tandas pequeñas yendo y viniendo una y otra vez.
Y los adoro.
Me gustan porque son artesanales.
Porque alguien los hizo con sus manos. Pieza por pieza. Color por color.
Porque permiten que el agua siga entrando al suelo.
Porque su dibujo es un fractal, podría ser infinito.Cada pieza es idéntica, y sin embargo forma un dibujo mayor distinto en su conjunto a la unidad.
Y porque me recuerdan que muchas veces la belleza aparece donde otros sólo ven descarte. Hay tantos tesoros en los volquetes de la ciudad.
Sobre esa veredita Boris hace experimentos peligrosos en nuestra cercanía.
En ese pisito nos sentamos con Pablo cuando sale el sol.
Tomamos mate.
Conversamos y soñamos.
Disfrutamos del momento presente.
Es nuestro lema:
"El pasado es historia, el futuro es un misterio, el hoy es un regalo, por eso se llama Presente",
y si te suena, no es de Buda, es de Kun Fu Panda, la película infantil.
Pero no solamente soñamos.
También accionamos para transformar algunos de esos sueños en realidad.
El 27 de junio cumplo 50 años.
Y aunque medio siglo parece mucho cuando se lo escribe, yo no lo siento como una llegada. Es una etapa más. O apenitas la mitad de la vida, le pongo ficha a ser longeva como mi abuela y llegar a los 90.
Muchas veces digo “volvía a ser yo” o “reencontré mi camino”.
Lo vivo como una celebración.
Porque tuve pérdidas. Duros golpes del destino. Heridas de infancia que aún perduran.
Porque lloré muchas penas. Me quise hacer la gila de joven y no hacerme cargo de mi responsabilidad en mis propios asuntos…y el karma se lo cobró…al toque!
Porque me equivoqué.
Porque volví a empezar más de una vez.
Pero también tuve enormes alegrías.
La más grande de todas fue convertirme en mamá a los 40 años. Otra canción viene a mi mente “...tarda en llegar, y al final, hay recompensa…” (no importa el autor, la frase toca mi alma).
Fue ese proyecto de familia el que me trajo desde Buenos Aires a Rosario. Aunque esa semilla de familia no maduró del modo que imaginé, aprendí muchísimo en el proceso. Algunas semillas florecen distinto a como las habíamos imaginado.
Hoy esta ciudad hermosa, abrazada por el Paraná, es mi casa.
Es el lugar donde crece mi hijo.
Es el lugar donde elegí echar raíces, porque acá están sus raíces. Su escuela, sus amigos, su padre, su club.
Durante años pensé que Suelo Vivo era solo un proyecto comercial.
Después creí que era un proyecto educativo.
Hoy creo que es otra cosa.
Creo que es un lugar donde ensayo una forma de vivir. Como dice otra canción (prometo que es la última) Hakuna matata
Una vida que integra todo esto:
🌱 los alimentos
🔥 el fuego
🏡 la bioclimática
🍄 los hongos
🌳 los árboles
🤝 la comunidad
📚 el aprendizaje
❤️ los afectos
Todavía soy aprendiz.
Y espero seguir siéndolo toda la vida.
Pero hay algo que tengo claro.
La casa no es solamente una casa.
Es el lugar donde cobijo a mi hijo.
Donde mis animales viven libres.
Donde comparto la vida con la persona que amo.
Donde aprendo.
Donde enseño.
Donde sueño.
(también me estreso, puteo como cabra loca, me pongo ansiosa, después hago yoga, respiro...también me he cagado de frío, y aunque invertí una fortuna en impermeabilizar el techo, aún tengo un par de goteras!, aún no planto los árboles que me darán sombra en verano, así que también, es posible que me cague de calor!)
Y donde puedo construir, paso a paso, la forma de vida que deseo habitar.
Tal vez eso sea Suelo Vivo hoy.
Un lugar para echar raíces.
Con la sabiduría del micelio, interconectar con otros seres, de un modo sutil, silencioso bajo tierra, de aspecto imperceptible para el que pasa corriendo, pero de latido y pulso fuerte, para quienes están en la misma. Se aprende haciendo.
La vida solo cuesta vida.
Yo siento abundancia y muchísimo agradecimiento por el recorrido que me precede. Por la persona que fui, que aprendió a ser la persona que soy,y por la persona en la que me sigo convirtiendo.
Gracias por leerme.
Nara

















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