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Lo que me enseñaron las gírgolas

 Los procesos vivos no responden a la lógica de la urgencia.



Cultivar, conectar y actuar

Durante muchos años pensé que el cultivo de hongos era simplemente una técnica.
Un conocimiento que se aprende, se practica y se transmite.

Con el tiempo entendí que había algo más profundo ocurriendo.

Mi recorrido personal empezó desde un lugar muy simple: el miedo.
Cuando era más joven me daba temor consumir hongos silvestres sin saber realmente qué estaba comiendo. Ese miedo fue el que me llevó a aprender a cultivar gírgolas.

Lo que empezó como una solución práctica abrió una puerta mucho más grande.

A través del estudio fui entrando en el mundo de la botánica, la microbiología y la genética, de la jardinería y de los procesos invisibles que sostienen la vida. Pero, sobre todo, empecé a observar algo que no estaba en los libros.

Cuando una persona cultiva, algo cambia.


Poner las manos en acción

Después de muchos años enseñando cultivo agroecológico, hay algo que se repite una y otra vez en los talleres.

Las personas llegan con curiosidad, con preguntas técnicas o con ganas de aprender a producir su propio alimento.
Pero cuando el proceso empieza —cuando ven crecer el micelio, cuando observan cómo un bloque aparentemente quieto se transforma en una seta viva— ocurre algo más.

El aprendizaje deja de ser solo mental.

Aparece el asombro.
Aparece la paciencia.
Aparece una relación distinta con el tiempo.

Cultivar nos recuerda que los procesos vivos no responden a la lógica de la urgencia.


La red que sostiene la vida

Los hongos nos enseñan algo que la ecología conoce desde hace mucho: la vida funciona en red.

El micelio —esa trama invisible que conecta organismos bajo el suelo— es un ejemplo claro de cooperación y de interdependencia. Cada hilo es pequeño, casi imperceptible, pero juntos forman sistemas complejos capaces de transformar materia, regenerar suelos y sostener ecosistemas enteros.

Cuando enseñamos a cultivar, muchas veces hablamos de esto desde la teoría.



Pero hay momentos en los que se vuelve visible de otra manera.

En algunos encuentros propongo una experiencia simple: las personas se levantan, se conectan entre sí con las manos y generan un pequeño movimiento colectivo. Un gesto mínimo que comienza en un punto de la sala y se expande hacia el resto.

Lo que ocurre es inmediato.

Ese pequeño movimiento se propaga.
Se transforma.
Impacta en toda la red.

Y de pronto algo que parecía abstracto se vuelve evidente.


Microacciones que cambian el conjunto

En ecología existe una frase muy conocida:

“Pensar globalmente y actuar localmente.”

En el cultivo, esto se vuelve tangible.

Un gesto pequeño —hidratar un sustrato, cuidar un cultivo, compostar un residuo— puede generar transformaciones reales.
Lo mismo sucede con nuestras acciones cotidianas.

Cuando cultivamos aprendemos algo fundamental: no hace falta cambiar el mundo entero para empezar.

A veces alcanza con una microacción sostenida en el tiempo.


Cultivar también es una forma de mirar

Con los años entendí que cultivar hongos no solo produce alimento.

También produce perspectiva.



Nos recuerda que la vida no funciona de manera aislada, que cada acción impacta en algo más grande y que la cooperación —tan visible en el mundo fúngico— también puede inspirar nuestras formas de vivir y de trabajar juntos.

Por eso los talleres de cultivo nunca terminan siendo solamente talleres técnicos.

Terminan siendo espacios donde muchas personas redescubren algo que ya sabían en algún lugar profundo: que somos parte de una red viva.

Y que nuestras acciones, por pequeñas que parezcan, sí importan.



PD:
Si viste Ratatouille, quizás recuerdes la frase del chef Gusteau: “Cualquiera puede cocinar.”
En Suelo Vivo me gusta repetir una versión propia de ese espíritu: todos pueden cultivar.
A veces lo único que hace falta es animarse a empezar… y dejar que el micelio haga su parte.

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